Saturday, July 11, 2009

Ecos

Diez horas diarias en el trabajo. Tres de escribir. Tres de drogas. Una de leer. Enjuague bien el cerebro todas las mañanas y repita 5 días a la semana. Así pasa un año... y qué podemos obtener? algo como 8 horas de registros usables en audio de mis dos bandas además del trabajo de solista, junto con como 4 horas de video de algunas sesiones en vivo. Más de 250 artículos en un blog de los cuales puedo rescatar 30 para intentar reescribirlos y que hagan algún sentido. 20 páginas de un libro sobre epistemología que no escribiré jamás. Un gran trabajo como ingeniero en el cual pretenden formarme como gerente de algo antes de los 40. Una ex novia. Muchos ex amigos. Demasiados quizás.

Es como estar caminando por una zona en guerra. Un día despiertas, te dignas mirar a tu alrededor y te enteras de cuantos aún quedan de pie. Amigos, colegas, amantes, familia e incluso tienes tiempo de contar a los extraños. No es difícil, tampoco son muchos.

Y te preguntas cuando te perdiste.

Recuerdo cuando vi Dear America. Esa película me mostró que uno primero se rinde en su cabeza y luego la muerte llega sola. Y por supuesto las cartas. Lo melodramático de recibir ese sobre cerrado que en el estómago uno sabe qué es...siempre se componen de un resumen de lo que ha sido la vida, una corta reflexión y la despedida. Una pequeña canción triste acompañada de lo que entenderíamos por paz si hubiéramos conocido la espesura.

Entonces es que se me hace curioso escribir esto. Porque ahora me pregunto si estoy rindiéndome. Si estoy exorcizando los últimos fantasmas antes de despedirme. O, retorcida situación, estoy conjurando peores fantasmas para que me hagan compañía.

Y tampoco tengo ganas de escribir. No lo encuentro inevitable ni tampoco necesario. En verdad nunca he conocido a alguien que necesite escribir, aunque sí conozco varios que viven de eso. Muchos lo dicen, pero es increíblemente más fácil ir al psicólogo que dedicar 5 años a un borrador para leer durante mi jubilación. En mi caso, escribir es lo que me parece un bonito epitafio para los que se han quedado durmiendo en el frío del camino. Sin duda que ellos merecen unas palabras, aunque no vayan a ser las mías.

El encendedor se empaña cuando lo prendo. Hace frio. Tengo una copa de vino al lado y un cigarro en el cenicero. No acostumbro tomar vino y no fumo hace 2 semanas. Tabaco al menos. Pero parecía un buen ambiente para sentarme y no abrir el navegador y encontrar algún paper que sin duda no necesito leer. O meterme a mi cama y dormir unas buenas horas seguidas, despertar, botar toda la marihuana, mandar mi primer mail honesto e ir a seguir trabajando y hacer una familia. Suena tan bien que me hace sonreír y olvidar el frio, pero al menos por hoy voy a escribir esto. No por los que ya no están, no porque crea que esto me va a hacer famoso (si hago algo algún día va ser dejar de mentir) sino porque, al igual que en las cartas de Vietnam, me siento en paz. Tanta paz como para terminar con el insomnio y despertar todos los días a las 7:30 con la alarma de mi celular y no a las cuatro de la madrugada como antes. A veces las más grandes ilusiones son cosas así de simples.

Intente encontrar una cita específica de Badiou en su libro. Por supuesto desistí luego de un desesperante minuto. Tres palabras a buscar, 15 segundos de recorrer la biografía de Badiou en Wikipedia y ya puedo continuar. La frase, no la cita exacta pero da lo mismo, plantea que existen cuatro cosas de las cuales, bajo las condiciones correctas, pueden aparecer verdades; el amor, la ciencia, la política y las artes. Y durante un año he escrito de la soberbia infinita de la ciencia y sus métodos. De lo deshonesto del arte y lo patético de los artistillos. De la política y cómo nos limita para usar nuestra cultura. Y si no fuera por Badiou, no hubiera escrito ninguna palabra sobre el amor.

Solo los muertos han visto el fin de la guerra. Para el resto nos queda lidiarla u olvidarla e ir junto a los muertos. A los amigos, a las amantes, familia, a los colegas que felices te invitan a cenar para que animes la velada con alguna anécdota de esa guerra. Como un veterano que todas las noches toma la cruz de hierro del cajón de su escritorio para sacarle brillo y darle algo de sentido a la vida.

No cuesta mucho. Es sólo ir a dormir y despertar decidido. Imprimir este texto, imprimir el resto de los textos, de la música, del video, las fotos, de los sueños…. Guardar todo en una caja y esperar 35 años para abrirla y saber si al cerrarla dejé los fantasmas dentro. Aunque todos sabemos que si hay algo que difícilmente hacen los fantasmas es dejarlo a uno tranquilo cuando los encierras.

Así que es sólo eso.

Esta es la caja.

Veamos si los fantasmas aceptan quedarse dentro.


Santiago de Chile, Julio 2009.


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