Saturday, August 22, 2009

El hombre ha leído

El hombre ha leído, o quizás solo ha escuchado al pasar, que existe un número muy grande, tan inmenso como misterioso...Algunos hacen algun gesto supersticioso mientras susurran lo abominable del número, mientras otros lo divinizan en solitarias devociones. El hombre ahora ha empezado a soñar con él. No con el número sino sueños de si mismo, viendose lleno de fe en la posibilidad de la objetiva existencia del número. Lo piensa en su hogar, durante su trabajo, en el tren y en el almuerzo. Cada día se descubre más atento a los números que le cruzan enfrente, aunque solamente se encuentra con números conocidos, caseros... simples destellos de aquel profundo número. Decide dejarlo todo, renunciar a la confortable comodidad de sus números cotidianos; el seiscientos catorce de su casa, el once cuarenta y cinco de su reloj, el doce de su mesa favorita en el bar...ni siquiera el seis dieciocho veinticuatro treinta y siete, antiguamente reconfortante como teléfono de su amada esposa, ahora es capaz de hacer algo por esa fiebre que lo acecha.

Decide emprender la búsqueda. Sin siquiera armar un bolso y solo alcanzando a tomar los billetes del tarro de azúcar de la cocina (billetes que esperaban haber comprado las siempre postergadas vacaciones en Marsella, con alguien que ya no llega a su mente cuando lo intenta recordar). Camina hacia la estación, alerta a cualquier pista que pueda acercarlo a su objetivo. Cada cara parece sospechosa de saber algo. A cada paso toma notas en su libreta de los números que lo miran desde las vitrinas. A veces se detiene y los observa en sus pequeñas existencias -señalando un precio, dando indicaciones sobre una ubicación o promocionando viajes a la costa mediterránea- pero ninguno le da alguna pista sobre el paradero del número que él busca.

Al fin llega a la estación de trenes. Lo rodean infinidad de números, todos indicando direcciones diferentes, complotando para esconder y dificultar su objetivo. Sin poder determinar en que momento avanzo la fila completa, se encuentra parado frente al boletero cuando este le pregunta sobre cuál es su destino. Pero el hombre, turbado, solo atina a balbucear nerviosamente que le dé el boleto más grande que tenga. El boletero indignado le dice que en este país todos los boletos son grandes y que con L. como nuevo presidente cada boleto de esa estación será un consumado sueño de celebraciones. El hombre se mete la mano al bolsillo y presurosamente le cambia tres billetes azules, con un curioso olor a dulce, por un cartón con muchas letras y solo cinco humildes números que ni valía la pena anotar en la libreta.

El hombre aborda su tren, eligiendo una cabina desocupada con la ambición de poner orden a sus pensamientos. Escucha, hasta casi con interés, una conversación entre dos pasajeros sobre las pasadas elecciones de presidente. El primero argumenta que los dos millones de jóvenes no inscritos hubiesen decidido la votación. El otro simplifica diciendo que los dieciséis millones de habitantes de F. deberían pensarlo mejor antes que votar por un liberal que no sabe en qué gastar los seiscientos millones de dólares de las ventas anuales de madera del país. Durante un instante, uno de ellos observa que el hombre que los mira desde la cabina del frente se ve algo pálido, pero casi inmediatamente deja de hacerle caso, más interesado en que si G. o R. debiera ser el ministro de asuntos ultramarinos, en consideración a los actuales sucesos con el país del este.

El hombre ahora va mirando por la ventana, mientras en su mente se deleita imaginándose a él mismo como un héroe, siempre ingenioso en resolver las muchas dificultades que fantasea le puedan ocurrir durante aquel viaje. Pero en algún minuto el agotamiento lo vence, probablemente entre dos de sus audaces e imaginarias aventuras, y cabecea un inquieto sueño apoyado en la ventana.

…el hombre camina por una calle desconocida, aunque a la vez la más familiar que ha visto en su vida. En cada esquina cree ver esconderse al número. Luego de unas cuantas calles ya está completamente seguro de que ha visto una pequeña sombra de cincos, sietes y nueves arrancar por un callejón. Corre ansioso, pero una vez que da vuelta a la calle se encuentra en un pasadizo vacio, demasiado pequeño para esconder lo que él busca. En el polvo del piso ve marcas de la apresurada carrera hacia una puerta. Las sigue, pero por supuesto la puerta está cerrada. Con los dientes apretados maldice y golpea, toma carrera e intenta empujarla mientras grita de memoria las listas de números que ha anotado en su libreta, esperando que alguien adentro tenga la compasión de abrirle. Coge un tarro de basura y lo lanza contra la madera con todas sus fuerzas, con toda la pasión y la fiebre que lo han llevado hasta ahí, aunque la puerta no parece antojarse de desear entender su urgencia…

Los dos sujetos que discuten quedan mirando al hombre, que en sus sueños murmura maldiciones y suplicas por igual. Pero las dudas sobre la capacidad de B. en la cartera de negociaciones multilaterales vuelven a llenar su atención. Horas después, en la estación terminal, el auxiliar del tren llama a un oficial para que haga espacio entre los curiosos, a fin de trasladar el cuerpo que encontraron en una solitaria cabina al servicio médico legal. El oficial, rígido con el procedimiento, lo hace llenar el formulario quince doscientos veintidós guion diecisiete novecientos ocho cincuenta, en el que certifica que el servicio de trenes ha cumplido con todas las medidas -aunque sin resultado positivo- para intentar identificar al pasajero registrado como dos seis siete ocho cuatro nueve cuatro uno dos, muerto por causas naturales durante el trayecto del tren nocturno a Marsella.

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